Autor : Kiki Suárez |
Fecha: 11/07/2012
| Actualizado: 11/07/2012 7:06 AM CDT
Cada mañana a las siete
Los árboles sueñan
Que vuelan al cielo.
Se esfuerzan arduamente por escapar
Quieren ser libres
Y flotar por los aires
Sus raíces tiemblan y se agitan,
No es justo:
Siempre pierden esa batalla.
La tierra los retiene con mucha fuerza,
No hay posibilidad alguna de alzar el vuelo.
Si escuchas bien
Puedes escuchar el sonido
Del lamento más extraño:
Los árboles se lamentan en su sueño
De volar al cielo
Cada mañana a las siete
Y así, se va una hora
Y una vez más se dan cuenta:
Simplemente son incapaces de volar
Algunos árboles incluso pueden llorar
Se despiertan de su sueño
Y sienten la corriente
De la vida fluir desde abajo –
Pueden sentir: ¡están creciendo!
Entonces los árboles se mantienen bien erguidos
Como es la voluntad de Dios.
Pero la próxima mañana a las siete…
(Traducido por Javier Villalobos)
Explora el mundo de Kiki en su blog y en La galería del corazón abierto
Kiki Suárez
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Supongo que yo era feliz en el vientre de mi madre. Cuando era una niña soñaba mucho de día. Hacía muchas travesuras y dejaba volar mi imaginación. Mi madre se preocupaba un poco. Es que no comprendía lo que me sucedía. Yo era una niña que pensaba mucho en diferentes cosas, especialmente la muerte. Busqué a Dios. Lo encontré, pero no se quedó mucho tiempo.
Mi vida era muy buena: habían pasteles, había libros, había té, había amigos. Había amor. El amor me rompió el corazón una y otra vez. Sin embargo, siempre lo disfruté.
Yo quería salvar al mundo, cuando me di cuenta que no podía me puse muy triste, abandoné Alemania y emigré a México. Allí me casé. He formado una familia. Durante mucho tiempo, mi cabeza estuvo llena de niños. Y pinté. Era una buena vida.
Luego mis hijos crecieron y tuve más tiempo para mí. Un día descubrí que me habían crecido canas. Después pensé que era gorda y comencé a sufrir de insomnio. ¡Cada momento que pasaba estaba más cerca de mi muerte!
Entonces yo tenía cincuenta años. Fue el beso de la mitad de la vida. Empecé a hacer terapia y terminé convirtiéndome yo misma en una psicoterapeuta. Hice meditación y finalmente logré establecer un nuevo equilibrio. Me volví más audaz.
Comencé a cultivar un huerto, a escribir haikus y a bailar tan a menudo como me fuera posible. Todavía me encantan los amigos, los pasteles y los libros.
Junto a mi marido hemos vivido una vida rica: viajamos, estuvimos un largo tiempo en África, fuimos felices…
La muerte se acerca cada día un poquito más. He nutrido mi alma aprendiendo a amarme a mí misma. Trato de tener alegría.
Cada ser humano teje a cada momento el suéter de su vida. Un día se caerá, incompleto...
¡Estoy feliz de todavía estar tejiendo!
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